lunes, 18 de diciembre de 2006

Taganga

Después de navidad -y su consabida cena familiar-, quisiera escapar de este nicho polucionado, de la Bogotá emperifollada de navidad. Destino: Taganga. Ya me imagino el paseo, "guerrero" como suele suceder cuando se arma parche multitudinario. "Por entre las tiendas", hasta que un día no muy lejano -y ya mamados de oír el mismo cd porque nadie llevó un cargador de ipod- llegaremos en un estado deplorable después de recorrer mil kilómetros de territorio nacional. Seguro que pararemos a tomarnos el juguito de níspero y la media de ron.
Más rico Taganga, aunque debe estar atestada de pescadores y de alaridos de pescadores a las cuatro de la mañana. Pero suena seductora la idea del hotelito frente al mar, y no ceder a la tentación de la sobrepoblada Cartagena de fin de año. Me parece mejor la idea de despertarme con el sonido de las olas (y de los otros integrantes del trip, trasnochados jugando parqués) que abrir el ojo y asomarme a la plaza de Santo Domingo atestada de cachacos.
El año nuevo, aspiro a pasarlo en el Cabo de la Vela, a medio camino entre la Macuira y el Pilón de Azucar. Y, naturalmente, llevaré mi propio chinchorro, no repito la experiencia de alquilar hamaca XXS. No le hace bien a la columna y no protege de los niños que se pasean por la playa abriendo párpados de turistas trasnochados.

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