Hoy voy por última vez a Yerbabuena. Yo le digo Yerbamala, aunque parece un insulto, es más un cumplido. Ya saben: yerba mala nunca muere. Me acompaña Paquito, para que todo el proceso sea menos aburrido y más rápido. Llegar, agarrar mis diskettes, los libros que alguna vez llevé y partir. Podría hasta celebrar en Entrepués, este finale de la etapa más estable de mi vida laboral. Debo admitir que me gustaba llegar a la hacienda de Yerbabuena, tumbarme en el pasto y fumarme un cigarrillo mientras el sol calentaba los chazitos metálicos de mis jeans.
La escena podría considerarse bucólica, si no fuera por la decena de personajes en bata azul que salían de la imprenta a eso de las doce. Eso parecía un manicomio. JA!
Me reí mucho cuando un amigo me dijo que desde su casa de Sindamanoy se veía un instituto super raro, ¿eso no es como un manicomio?, me preguntó. -I'm afraid so. Fue lo único que atiné a responder.
martes, 19 de diciembre de 2006
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