Hacía un par de años que no pasaba navidad en Bogotá. Se me había olvidado la sobrepoblación de chivas y el asedio de los atracadores. No es para nada una ciudad amena y acogedora: todo es frenético, grotesco, hostil. Anoche le decía a Paco que deberían erradicar con baygón todas las chivas que circulan por Bogotá con sus vallenatos y con sus personajes asomándose por las ventanas. Sé que no le hacen daño a nadie, pero su sola -colorida y sonora- presencia, atenta contra ciudadanos de bien, inútiles por lo demás, pero de bien.
No siendo suficiente con este enjambre de automotores, pareciera como si hubiera una fiebre iluminadora: cada esquina de cada parqueadero, las ventanas más lejanas de los edificios más altos, los buses, Andino, la calle 85, todos los edificios de la calle 62! están infestados de lucecitas navideñas. Lucecitas y, claro, la chicharra que pretende imitar un villancico con su chillido metálico. Todos compran las lucecitas con chillido incorporado, para darle ambiente navideño al hogar. El problema es que el chillido alcanza decibeles insospechados y puede llegar a despertar a natural born killers dignos de Il Pozzetto.
Una última cosa: los ringtones de los celulares! Cada vez más polifónicos y ultradigitales sound surround... se han programado todos con tonadas navideñas. No sé si pretenden fastidiar a los outsiders que no creen en el niño Dios o qué, pero qué tortura.
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