Hoy llegué a la una de la tarde a mi recinto monacal. El sol arreciaba como nunca. A pesar de esquivarlo con bloqueadores factor 45 y con sombrillas dieciochescas, volví a casa, otra vez, con las mejillas y la nariz enrojecidas y adoloridas.
Estuve toda la tarde, como se ha vuelto costumbre, leyendo en la hacienda del difunto Rufino. Guillo me pasó una novela, quiere que haga una reseñita para el viernes. Se llama "Nuestras vidas son los ríos" de Jaime Manrique. Es la vida de Manuelita, la amante aguerrida incrustada en paraísos tropicales. Al principio me pareció acartonado el tono, los términos, pero, a medida que descendía el sol en la Sabana de Bogotá, se me hizo más real, menos artificiosa.
Así pasó la tarde, en medio de revolcones de alcoba entre el prócer (tal vilipendiado ahora por chávez) y su Manuelita.
Como llegué después del mediodía, sendos octogenarios se mordieron los codos en señal de duelo pero, sobretodo de ira. La culicagada otra vez desafiando los horarios inquebrantables de la honorable hacienda.
Yo sigo de largo, me tapo los ojos, los oídos y la boca. No oigo ni veo ni entiendo, llego a mi recinto sagrado y me entrego a las delicias de la lectura con un buen paquete de kool al lado.
lunes, 5 de febrero de 2007
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1 comentario:
Cometí el error de leerte antes de dormirme y ahora todo huele a sun protection factor 45 mezclado con un fuerte olor a trementina.
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