Otro sábado, igual a los anteriores. No hay más flores en el jardín ni desórdenes nuevos en mi habitación. Aumenta el cansancio por la espera, una espera interminable y agotadora. Pero nada más puede hacerse. No puedo decir que me hayan impuesto esta espera desesperante. Lo escogí yo. Los minutos pasan, cambio canales, las sombras desfilan por las paredes blancas, se oculta el sol pero el tiempo no pasa.
Catorce cigarrillos por minuto, dos momentos de distracción.
Y todo sigue igual, a pesar de las luces de los semáforos y de los ladrones de billeteras de la Caracas.
Nos acostumbramos a esperar, nos imponemos salas de espera en todas las circunstancias de la vida, esperamos que llegue el día en el que podamos migrar, esperamos encontrar una persona que satisfaga los requerimientos paternos y los requerimientos propios. Pero no aparece, no llega, como si el botón de PAUSE se hubiera atascado, como si esperar fuera una constante ineludible. Millones de Marios Bros, en PAUSE, con una bola de fuego a un milímetro de la cara. Las bolas de fuego que lanza Koopah (así se llamaba?) mientras el enanito de bigote y gorra roja se da cuenta de que nunca pasará el castillo y de que nunca rescatará a la princesa. Ni Mario, ni Luigi, y la princesita cándida y encandilada y encadenada se quedará a hacerle compañía al dragón del castillo. Las flores psicodélicas se consiguen a la vuelta de la esquina.
sábado, 10 de febrero de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
En la fila (eternamente presente), en el médico, en el semáforo, en el encuentro... la espera... El anhelo por un ápice de sosiego... La expectativa senil por la muerte. Toca volverse budista fundamentalista para suprimir toda posibilidad y todo deseo del cerebro. Pintoresca tu alusión mariobrosiana.
Publicar un comentario