Después de ocho horas de sol, de siete horas y media esquivando el sol, quedé medio deshidratada, medio enfurecida... o debería decir emputada? Seguro que sí, pero dejemos el término polite, decente, el que uno utiliza después del empute: enfurecida, furiosa, fúrica.
Traté de leer la prensa, que sólo me decía lo que mi cara confirmaba: calentamiento global, vacas sin pasto en la sabana cundiboyacense, flores rostizadas con el frío. Nada nuevo -paradojica y tristemente- bajo el sol. La mente se turba, ya saben, como en tardes de sol playero: sólo quiere unA leerse una revista con más fotos que texto y tumbarse en la sombra. Sí, lo sé, es estúpido ir a la playa a esconderse debajo de un parasol o de una palmera. Pero el sol no me trata bien, me saca pequitas alrededor de los ojos y no hay nada peor en la vida que las pecas estilo Heidi de las praderas.
Nunca pensé que me hartaría del sol en Bogotá. Pero parece como si cada día quisiera quedarse unos minutos más y más. Como esos soles de verano florentino, carajo qué horror, ala! El sol en la pupila hasta las nueve de la noche!! Y ni qué decir cuando se está en una autopista, yendo hacia el occidente. La pupila perforada es lo mínimo que uno debe esperar.
Hasta hicieron playas artificiales en Bogotá, en esta ciudad tan endemoniadamente alejada de todo asomo de mar. Pero bueno, such is life in the fuckin' tropics, como dice un amigo. Nada debería asombrarnos, ni siquiera que ahora uno pueda pasearse con chingue por la séptima.
Lo bueno de esta oleada de calor es que podremos ver a Bogotá, POR FIN, en Google Earth.
El sol se ocultó, por fin.
jueves, 8 de febrero de 2007
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1 comentario:
Para el calentamiento brutal este aguacero que está cayendo o un kool light en la latina...
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