Romeo se casa con Julieta, Othello con Desdémona. Ulises vuelve joven y musculoso a los brazos de su Penélope. Werther conquista el amor de su chica. Macbeth y su Lady deciden unirse a Greenpeace y no aniquilan al planeta entero. Es lo que todos quisiéramos, no? Por eso es tan cruel su destino truncado. Si el conde Pátula hubiera reencontrado a su amor después de la guerra... no hubiera existido ese Drácula despiadado. Pero no pasa, porque los colores de rosa, las bombas de colores quedaron relegadas a la franja maldita de la televisión colombiana. La bruta se casa con el rico, el mendigo es hijo de un magnate, ignorante de su destino, cambiado al nacer por el villano de la serie.
Y, como pasa en La rosa púrpura del Cairo, cuando el personaje de la película salta a la vida real, no entiende por qué no se desvanece el mundo cuando besa a su amada. Así son las películas, enfocan el jarrón cuando la pareja tira.
En medio de tantos amores imposibles y de crecer viendo y leyendo ficciones tan ficticias, comprendemos, humildes mortales, que nuestra educación sentimental ha quedado a medias. Sólo sabemos que amar es dramático, que si uno se va a volar con el novio, la madrastra mala va a interceptar el email. Si uno se casa con un moro, la vecina le va a llegar con el chisme de que uno le está poniendo los cuernos. Ese universo inexplorado, el mundo de color de rosa y pajaritos de fondo, nos coge "fuera de base", con una torpeza única en el reino animal.
Si para escribir hay que estar envuelto en una capa pestilente de humo de cigarrillo, íngrimo, lánguido y con la mirada de ternero degollado por un amor no correspondido!
Como lo único que leemos son historias de desencuentros, es lo único que sabemos hacer y lo único sobre lo que escribimos. Malditos poetas malditos! Down with love!
Rico sería saber qué pasa con un Romeo en sus cincuentas, cascarrabias, mientras Julieta friega el piso de la cocina y pone la pasta. Nunca lo sabremos. Esa escena es prosaica, vulgar, indigna.
Se queda uno con la espina incrustada, con un inmenso signo de interrogación atravesado en el cerebro -como el crayón de Homero Simpson- y sólo atina uno a preguntarse a sí mismo: -mí mismo, what if...?
lunes, 19 de febrero de 2007
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