sábado, 17 de febrero de 2007

Caída del tacón

Paseo por Invitro anoche después de una semana entera buscando la clave del bronceado de las ranas sabaneras. Mario, una tonada tras otra, parecía transportado por los acordes de I will Survive. Después de largas disertaciones, descubrió Rocío que, peor que caerse de la torre es caerse del tacón. Claro, dije yo, resbalarse con una cáscara de plátano, por ejemplo, es un accidente. Caerse del tacón, en cambio, implica hacer el ridículo por haber buscado un descalabro de esas proporciones.
La caída del tacón, que obliga a la damnificada a cojear con el taco en la mano, revela que le vendieron -o que compró deliberadamente- tacones versace chiviados. Incómodo y humillante caminar -como quien no quiere la cosa- con un pie trepado en 15 centímetros, y con el otro pie haciendo el esfuerzo de llegar a ese mismo nivel, sin apoyo alguno.
El ridículo estrella -sí, hay uno peor-, ocurre cuando el tacón no se rompe pero queda incrustado en una rendija del piso. La pobre señorita queda anclada, sin poderse desprender del suelo, clavada con toda su miserable existencia, sin poder disimular el aprieto del que no puede librarse.
El tacón cuadrado, dice Rocío, hasta se lo arregla a uno un zapatero. El tacón puntilla ya es otro paseo, perdiendo para siempre la inversión irrisoria en una copia mal armada de los Versace anhelados.
Peligroso caerse desde lo alto de un tacón, patético confesar que todo es culpa de la señorita pretenciosa, cabalgando en escarpines de poca monta.
Hay que cuidar el tacón, para incrustarlo en hígados de personajes que parecen salidos de una película de Woody Allen.

2 comentarios:

el especialista sexto dijo...

Qué tal ah? ¡Peli de Woody Allen y capítulo inédito de Jerry Seinfeld en una sola noche!

María Antonia García de la Torre dijo...

total! haha...