Desde ayer recuperé la ciudad perdida. La Bogotá hundida en los recuerdos, de cielo gris y pasajeros enterrados en sus tumbas rojas sobre ruedas. Vuelve la lluvia, en principio purificadora, pero en este caso agresiva como un gato al que le rascan la panza.
Detrás está la tele, una película brasileña que confundí con Gato Negro, Gato Blanco de Kusturica. Detrás de la pantalla del laptop, una figura difusa que me habla a través de letreros. El maravilloso chat, faraway so close. Nice.
Indago sobre el bronceado de las ranas arlequín, esculco la caja de Pandora, llamado por los fieles paganos "Google". Saltan ranas por doquier, sapos toro, elegantes sílfides de colores fosforecentes.
Los ojos se cierran por madrugones a los que no me acostumbro. Las seis son para dormir! Para darse vuelta y reacomodarse entre las cobijas y las almohadas. Bueno, nada qué hacer en un país devoto de la Santísima trinidad: Madrugar, trabajar, orar.
No cumplo la tercera, por un dogma que me impide imaginar un todopoderoso revisándome con su webcam, a ver si fui piadosa y misericordiosa.
Mañana será otra lluvia, otro pilates con bolita azul, otro encuentro impredecible.
jueves, 15 de febrero de 2007
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