Pocos días antes del año nuevo, Mao tuvo a bien dirigirse al Oasis. Unos minutos después, ya en la terraza blanca con jacuzzi al aire libre, se acercó a una señorita de luengas cabelleras y mirada esquiva. -Cómo te llamas?,le preguntó. -Me llamo Johanna, -respondió la señorita. Mao le ofreció un ron y le dijo, como si tuviera ante sí una aparición: -¡¡Jlo!!-. Johanna levantó las cejas sin comprender pero sonrió complaciente, -sí, sí, como yeilo-.
Todo era perfecto.
Conversaron toda la noche, y antes de partir, Mao anotó su celular en un trozo de cajetilla de Marlboro. Ya entrada la mañana, lo vimos llegar, con sonrisa triunfal y su trofeo en la mano: el teléfono de Jlo. -Es hermosa, -repetía sin cesar.
Su descripción, nublada por un estado prematuro de infatuación, creó a una Dulcinea, cuya perfección retaba la capacidad de descripción que le proporcionaba el español. Era tan dulce y tan bella, ella, que le faltaban las palabras.
El almuerzo transcurrió tranquilo, y sus ojos obnubilados contemplaban el infinito, en espera de un encuentro ese mismo día, que tendría lugar en la peluquería "Gonzalo", al lado del terminal de transportes.
En breve salimos del Peñón (rebautizado cariñosamente como El Preñón) en busca de la amada doncella de nuestro Quijote tropical. Largo fue el camino hasta el paraje donde Jlo esperaba. Las calles girardoteñas o girardotenses atestadas de flotadores, griles y triciclos se nos antojaban idénticas. Volteamos por una calle desierta y allí, a la izquierda, yacía en pose sepsi la despampanante Jlo.
Los ojos de Mao se aguaron por la emoción y se tomó un par de rones para aquello del coraje. La fermosa dama, en plena sesión de embellecimiento, apareció en medio de la calle con su melena enrollada de graciosa manera en unos veinte rulos. Su capul, en sendo rulo rosado prominente, sobresalía por encima de los demás. Su amiga Diana, se bajaba en ese momento de la moto que parqueó al frente de "Gonzalo". Instantes después de bajarnos del carro, entramos a la peluquería.
Jlo nos saludó con timidez y cubrió su rostro con diez uñas multicolores, salpicadas de formas florales. Mao, transportado de amort, quiso secuestrarla, pero ella se resistió mientras Diana correteaba a Mao2 (otro acompañante de la caravana) para que no se montara en su moto.
En tono sereno, Jlo le dijo a Mao, -No puedo irme ahorita, porque me falta que me hagan el cabello y las uñas-. Ante semejante negativa, Mao se lanzó desesperado en busca de un beso. Jlo lo rechazó con suavidad y Diana, ya con las llaves de la moto en la mano, le atestó sendas nalgadas.
El regreso al apartamento fue lúgubre. Mao, cabizbajo, observaba abyecto los retratos que logró de Jlo con el celular de Paco. -Oh rulo adorado! Oh Jlo de mis amores!, -decía en medio de un desconsuelo sin fin. Para sorpresa de todos, le bastaron los gusanitos-flotadores de la piscina, para olvidar el episodio y reírse mojándonos a todos. Por ahí dicen que el amor es eterno mientras dura. Pero el amor a JLo from Girardot, dura, como dicen los poetas, una exhalación.
miércoles, 3 de enero de 2007
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2 comentarios:
Crónica de una muerte anunciada. EL negocio se rompe cuando uno de los dos incumple su parte.
oh yeah
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