Semana de pasión. Veo con los ojos entreabiertos las noticias del mediodía, los rituales de la semana santa en Popayán, la moda para ir a misa, las alternativas culinarias de comida de mar. Todo es ajeno, como un eco distante de pueblos desconocidos. Salgo de la casa, me echo en una hamaca a leer Cien años de soledad, esta vez en español. Siempre me sentí culpable por haberla leído hace nueve años en otra lengua, viendo en las notas al pie el significado de "cacerola" y de "pegote".
Aproveché el homenaje, sí, como los que compran el libro de Harry Potter cuando sale la película. Puede catalogarse como "duhh", "lo lee sólo por moda" duhh. Pero no creo, de hecho, hay una serie de novelas y de películas que la gente desprecia porque pertenece al cánon. Pero yo nunca las vi, o las leí. Y ahora tengo unas cuantas en fila, y casi me avergûenza cargarlas por ahí porque es casi esnob o clichesudo pasearse con La montaña mágica o con uno de los tomos-ladrillo de Proust. Pero no me importa, al demonio los cazadores de esnobs que, por temor a serlo, evitan sistemáticamente el contacto físico, emocional e intelectual con cualquier novela catalogada como clásico.
En conclusión, llegué a la mitad de Cien años de soledad en una hacienda perdida en los Llanos Orientales, con el ruido ensordecedor de las chicharras al lado, con micos tití comiendo bananos en los árboles cerca del río, y con el caos de aurelianos haciendo disparates en la memoria del innombrable.
lunes, 9 de abril de 2007
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