Son las once de la noche. No hace frío y no hay brisa. Camino desde Andino hasta Mai Lirol Darlin con un kool en la mano. Llego hasta la esquina de Mizú que ahora es un almacén de máquinas de cardio. Giro a la derecha y veinte metros más allá está el barcito de los enanos. Vladimir me pasa un whisky y me prohibe pedir Red Label. Me estoy acostumbrando a tomarme un whisky puro, temperatura ambiente. A disfrutar el sabor sin el aguita del hielo derretido. Desde la barra miro hacia la puerta y veo dos rostros pálidos con reflejos de luz roja. Se besan, se separan, contraatacan.
Creo que nos empezamos a alejar de la camándula. De pronto es verdad que los prejuicios pueden dominarse, domarse, domesticarse, dosificarse. La pareja gay -chico chico- me pareció un deleite visual. No me interesa interactuar ni hacer parte de una versión cundiboyaca de Eyes Wide Shut. Sólo me dejé hipnotizar por estos dos hombres besándose al frente de los parroquianos de la tierra del Kid Divine. Delicioso, verlos, desde el otro extremo del bar. Saborosongo, como diría el Farcocalíptico.
Fue interesante. Lástima que no se dejaron analizar otro rato. Se fueron pronto. En la barra, una octogenaria de senda retaguardia y bucles quinceañeros observa a su alrededor con un desinterés calculado. La tercera edad no perdona. Dios la ampare y la favorezca!
Pronto serán las 3 am. Sunday bloody sunday.
sábado, 3 de marzo de 2007
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