viernes, 9 de marzo de 2007

Una hora

Anoche dormí una hora. Hasta las cinco de la mañana me persiguieron ranas bronceadas en la red. Si no termino pronto la crónica para don Fernando, voy a sufrir de un calentamiento global en toda la red neuronal. Sueño con ranitas arlequín, me encuentro con lisos especímenes en la ventana, con un croar ronco en la sala.
El momento crítico fue esta mañana, muy a las 6:30 abrí los ojos y activé el piloto automático que me llevaría hasta las afueras de Bogotá. Llegué sin saber bien cómo, adormecida, con un leve temblor en las manos. Pasaron las horas quietas de Yerbabuena y me quedé frente a la ventana, viendo cómo talaban un pino tras otro. Talaron unos veinte pinos gigantes y los convirtieron en tablas amarillo quemado.
Después del almuerzo me conversé un par de cigarrillos con el count duckula. Me contó que su madre lo llevó una vez a ver una película sobre la vida de Jesús. Cuando lo estaban crucificando, se paró enardecido a pelear al lado de la pantalla de cine. Tuvieron que sacarlo mientras gritaba que no lo torturaran, que Jesús era el hijo de Dios. Ahora se ríe, pero nunca en su vida sintió una ira tan grande como ese día.
Me acordé de la historia de una viejita que se maquillaba antes de sentarse frente al televisor para que los actores la vieran arreglada. Tenía hasta una cortinita en la pantalla, nunca sobra el entrometido que fisgonea mientras ella se pasea en bata de dormir y rulos. Algún día seremos esa ancianita sevillana de rulos.

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